jueves, 23 de marzo de 2017

El cabo solitario





Ascendía la cuesta mientras encendía un pitillo.
El humo se esparció a su alrededor tras la primera calada.
A pasos ralentizados el joven emprendía la marcha a su casa.

Era una noche en la cual el invierno llamaba a las puertas de su final. El hombre se llamaba Jamie, y tras su media melena castaña se le adivinaba una mirada enturbiada por el alcohol.
Como cada día, Jamie había pasado la tarde bebiendo.
Ahora tras un breve tambaleo la compostura le reforzaba nuevamente, junto con la ilusión por ver a su gata… Tras ese paseo.
La ruta era serpenteante en cuanto a ascensos y descensos, y ciertas curvas le otorgaban un aire caótico para un caminante inquieto.

Todo lo que Jamie atesoraba como valioso en compañía tenía un precio en soledad.
Y en ese regreso conmemorativo a tantos y tantos momentos la pena era máxima.
De modo que el joven, cabizbajo y taciturno, caminó y caminó surcando la noche, en busca de su casa.

De pronto a lo lejos, en la soledad de aquel cabo, pareció distinguir una figura.
Unos pasos más revelaron la silueta lejana de una mujer, para finalmente ir dibujando a una esbelta joven semidesnuda, tapada con unos harapos azules y de piel enfermizamente blanquecina.

Jamie no osó mirar más en plena bajada de la carretera, girando la pronunciada curva. Pasó junto a la figura, sin mediar mirada ni palabra.

Al día siguiente, cuando la particular jornada en el bar concluyó, Jamie había olvidado lo ocurrido la noche anterior.
Sin embargo, cuando puso el primer pie en el asfalto de salida del local, un escalofrío recorrió su cuerpo al invadir su mente las imágenes de lo que ocurrió en la curva del cabo.

Mientras serpenteaba junto a la senda hacia su casa, un gato se puso a caminar junto a él.
Eran abundantes las colonias en ese lugar, y lo cierto es que Jamie agradeció ese buen detalle que el destino tenía guardado.
Pero no sabía lo que esa noche hostil de viento desapacible le iba a reservar.
De nuevo, unos metros más adelante, la figura estiraba esta vez su brazo derecho hacia la posición de Jamie, que detuvo su paso congelado, no sabía bien si bien por el miedo bien por la curiosidad.
En cualquier caso, se precipitó de bruces al perder las fuerzas cuando, simultáneamente, cayó en la cuenta de que el gatito recién nacido que ella sostenía tenía una pata roída, el pelo arrancado a mechones y el rostro mutilado, y que el rostro de la mujer, en lugar de ojos y boca, poseía agujeros profundos y negros como la noche en la que se encontraban.

Jamie rodó varios metros atrás por la bajada.
Entró rápidamente en casa y abrazó a su gata.

Horas más tarde dormía profundamente.
Su gata se había posado entre sus brazos y su pecho.
No obstante, un olor le despertó. En la oscuridad de la habitación, al acariciar a su gata no fue el cambio de tamaño lo primero que notó. Fueron los mechones arrancados, el putrefacto olor de infecciones sin nombre.
Abrió los ojos de par en par al comprender súbitamente lo que ocurría.
Mientras ella le abrazaba por detrás, un ahogado gemido de Jamie sonó en la casa del cabo.
Un cabo silencioso.

Un cabo con mujeres en las curvas.



sábado, 25 de febrero de 2017

La aparición de Rebeldía: Parte VIII (El adiós del pasado)



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Sintió como el calor se colaba en su cuerpo por vez primera desde que apareció en ese lugar.
Abrió los ojos y lo vio todo difuminado, pues el mareo aún persistía.
Cuando trató de regresar mentalmente a los acontecimientos de la plaza, Conciencia se lo impidió.
Estaba quemando todos los documentos en la chimenea de su despacho, que encendida con una considerable llamarada, confundía a Tylerskar animándole a ponerse en pie, pese a que su cuerpo no respondía como debiera.
– Esto valdrá para que hagamos el viaje. – La voz grave y distante de su compañero sirvió de preámbulo para que extrañas imágenes primaverales fuesen aterrizando, una tras otra, en el interior de su cabeza.

Primero un paseo, una avenida, en la cual altos árboles frondosos resguardaban el lento avance de la alta sombra encapuchada que era Conciencia y el propio Tylerskar, quien dirigía miradas furtivas al primero, sin entender muy bien el propósito de todo aquello.
Más tarde el ir y venir de los ciudadanos, el ordenado y tranquilo tráfico de los coches, y la temperatura cálida en la que se entrometía suave una brisa agradable y tranquilizante, hicieron que se removiese un poco, hasta el punto de percatarse de que aún seguía en la litera del despacho de Conciencia.

<< No te queda demasiado tiempo aquí. >>
La voz provenía de fuera y dentro de su cabeza.
En lo que parecía ser una alucinación, Conciencia hablaba a su lado dirigiendo el paso en lo que se asemejaba a un lugar de ensueño.
En el poblado maldito donde no había cabida más que para los designios de un monstruo al mando de la dirección de los acontecimientos, la voz de Conciencia era apenas un susurro en su pensamiento.
<< Déjate llevar… >>
Con la vista perdida en los documentos que ardían a montones en la hoguera, fue haciéndose más palpable la realidad que se estaba construyendo paralelamente.

Súbitamente, Tylerskar reconoció un lugar.
Se trataba de la plaza de la taberna de Sueños Rotos, solo que estaba dispuesta de un modo muy diferente, y pertenecía a su vez a una época al parecer muy lejana.
En uno de los extremos de la plaza, la alta y oscura figura de Conciencia y un firme Tylerskar observaban la ajetreada vida de transeúntes y trabajadores.
En el centro de la plaza, al parecer, se estaban montando los prolegómenos a una festividad.
Entre varias manos subieron al poste, ese poste donde Rebeldía se encaramó para llamar la atención del poblado maldito, una pancarta donde al poco tiempo Tylerskar pudo leer las palabras “Nuestros Sueños”.
Un gritó proveniente de la taberna hizo que desviase su mirada.
Entrecerró incrédulo los ojos al ver la figura de Experiencia, ataviado con un delantal blanco sobre sus característicos ropajes irlandeses, animando a completar el trabajo a aquellas personas que montaban todo el escenario.

Un chaval se paseaba, en un su mundo, por el lugar.
Tylerskar se fijó en que, pese a ello, nadie le ignoraba.
La empatía, la misteriosa conexión que sintió, le obligó a preguntar.
– ¿Quién ese ese chico? – Conciencia no se movió ni un ápice. Pero tampoco demoró en responder.
– Niño es otro fundador. Nuestros Sueños no iba dirigido a gobernar ni a gestionar, pero despertó gran ilusión en todos aquellos que fueron contagiados de su energía.
Las preguntas de Tylerskar acerca de su propia identidad comenzaron a amontonarse en su cabeza. Aquello le hacía sentir repulsión.
– ¿Y de qué soy el fundador yo? ¿De Sueños Rotos?
– Sueños Rotos fue la inevitable consecuencia a una tragedia que cogió a todos desprevenidos. Tú trataste de hacer de Nuestros Sueños algo tangible, algo más real que la esencia de todo este poblado.
Tylerskar quedó mirando como entre las masas Esperanza caminaba con la compra bajo el brazo y una Ilusión con zapatos nuevos y vestido azul turquesa jugueteaba con ese Niño en un tablero pintado a tiza en el suelo. Como Resolución bromeaba con Experiencia asistiendo al montaje de la fiesta e incluso Rectitud se mostraba animado en su puesto de vigilante del local.
En aquellos tiempos, en aquél lugar, no había ni rastro del Monstruo.

Conciencia acabó con aquel bienestar.
<< El papel se acaba. >>

Lentamente abrió los ojos para ver como la hoguera se estaba consumiendo.

Hacía frío de nuevo.
Sintió nieve pisoteada bajo sus pies, de nuevo en la imparable marcha en la que había estado sumido durante toda esa jornada.
<< No olvides este lugar, ahora sabes cómo llegar. >>
Cuando quiso abrir los ojos, se encontró mirando al soldado que le acompañó al gélido poblado no hacía mucho.
Ahora también le escoltaba, pero en dirección contraria.
Un depósito en el costado de su pantalón militar dejaba ver la culata de su arma.
Tylerskar no temía por su vida.
Pero la cabeza le ardía en busca de respuestas, y el recuerdo de la aparición de Rebeldía, en esa misma avenida helada, con sus cascos y su tabaco de mascar, su chulesca actitud irreverente ante Sueños Rotos y su cabello en llamas, chocaba frontalmente con la imagen de su rostro golpeado y torturado, y finalmente destrozado, por los diferentes escalones del Partido.

Un Partido en cuyo Alto Mando alguien invencible campaba a sus anchas.
Un Partido establecido en un poblado cuya calidez se había extinguido.
Un Partido que le trataba de fundador y de amigo.
Era como la canción de Ilusión.

Sueños Rotos, Sueños Rotos, Sueños Rotos.



--- FIN ---


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viernes, 24 de febrero de 2017

La aparición de Rebeldía: Parte VII (Un charco en la plaza)



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– Podéis pasar la noche aquí… – Cuando Esperanza hubo acabado su acto en la caravana, se reunió con ellos abrazando afectuosamente a Rebeldía y haciendo una seña con la cabeza a Tylerskar, acompañada de una negación.
Se sentaron a unos pocos metros de donde se había reunido la docena de personas que en ningún momento habían dejado de increpar a Esperanza. Ésta ocupó un improvisado banco montado con un par de viejas ruedas y movió con un palo una hoguera hecha en un bidón de tamaño mediano.
Rebeldía se sentó a su lado y le tendió la mano.

En ningún momento hicieron referencia a las heridas ni cicatrices que lucían sus rostros, hasta que Tylerskar cayó en la cuenta de lo habitual que ese hecho tenía que ser.
– Ya me he cansado de esta historia. – Rebeldía se puso en pie y sacudió su melena moviendo su rostro a izquierda y derecha tomando aire. – Es hora de darle la lección.
Esperanza echó sus manos a su boca y emitió un lastimoso gemido mientras llevaba su mano derecha al cuerpo de la joven, que se alejaba.
Tylerskar quedó por un segundo mirando cómo comenzaba un sollozo que si bien nació tímido y cansado, pronto fue ganando en agonía y desesperación.



Fue tras ella.

Rebeldía aceleró el paso hasta recorrer diversas avenidas sin volver la vista atrás.
Su paso decidido dejaba tras ella a Tylerskar, que pisoteaba torpe los dos palmos de nieve permanentes y resbalaba en los tramos helados.
Sentía la urgencia de detenerla, de hablar con ella. Pero ya se había hecho a la idea del modo en que funcionaban las cosas en aquel lugar. Él estaba allí para observar.
<< Quizá para descubrir >>.

Llegaron a la plazoleta de la taberna.
Había varias docenas de personas, entre civiles y oficiales, ocupando la calle.
Rebeldía se encaramó al monumento central y alzó su mano izquierda al cielo.
El rumor de las conversaciones fue deteniéndose, al tiempo que la gente se agolpaba en los extremos de la plaza para observar como la silueta de la joven mantenía su pose asegurándose de centrar todas las miradas.
– ¡Miraos, observaros a vosotros mismos! – Rebeldía comenzó a descender para situarse en el mismo centro de la plaza, con ambos brazos apoyados en su cintura. – ¡Los mismos que un día jurasteis darlo todo por una vida mejor! 

Tylerskar no podía dejar de mirarla. El colorido que emanaban tanto su vestimenta como su pelo como su mismísima aura era algo que no podía pertenecer a aquel lugar.

– Abrazados a Idealismo, ese joven anclado en unas rocas que hace tanto dejasteis atrás… ¡Dirigidos por la Sombra! ¡Que aparezca!
El poblado consistía, a su modo de ver, en una extensión de una oscura etapa de su propia vida. Una etapa tan gris, desolada y solitaria que se estremecía mientras, a voz en grito, Rebeldía seguía provocando a la multitud.
– No aparece porque disfruta esperando el momento en el que os venza la moral… En el que nada tenga sentido…
Rebeldía siguió pronunciando meticulosamente las palabras de su cuidado discurso, dirigiendo constantes miradas a un Tylerskar tan concentrado en el significado de éstas, que solo pudo abrir la boca y quedarse petrificado cuando el rostro de Rebeldía voló en pedazos.
Ni siquiera fue consciente del sonoro disparo que silenció por completo la plaza y sacó a la clientela de la taberna.

Palmadas. Enérgicos aplausos acompañados de una risa más que conocida.
– ¡Viejo amigo! – Las palabras del Monstruo gozaban de toda la vitalidad posible. Debió haber caído en la cuenta de que un lugar como ese poblado solo podía estar regido por alguien como él.
El cuerpo de Rebeldía aún sacudía sus miembros sobre un charco de sangre cuando Tylerskar se giró ante la parte más destructiva de sí mismo.
Ahí estaba, con sus fauces fantasmagóricas, su mirada inquisidora que parecía atravesarlo todo, ataviado con un estrecho uniforme negro sobre el cual una gabardina puesta modo de capa le confería todo el aspecto de Alto Mando del Partido.
Soltó una corta carcajada.

Las personas que ocupaban la distancia entre el Monstruo y Tylerskar se apartaron, mientras una fina lluvia comenzó a caer derritiendo las capas de nieve que se amontonaban en la plaza, humedeciendo la ceniza esparcida por el pavimento y ampliando el rojo charco sobre el que reposaba el cuerpo de Rebeldía.
En la mano derecha del Monstruo, una pistola aún humeaba por el disparador.
– ¿El fundador quiere revisar su obra?
Tylerskar comprendió porqué nadie hacía nada.
El Monstruo armado y como Alto Mando del Partido Sueños Rotos era demasiado.
Demasiada locura.
Una locura nacida de la desesperación de tiempos pasados, que decidió enmascararse con el horrible rostro de la autohumillación para herirse primero y luego herir, para torturarse primero y luego amargar.
Demasiado poder.
Un poder con el cual hacer de Sueños Rotos el partido de la alcoholemia y la autodestrucción, de la amargura y ausencia de luz.

Tylerskar oteó a su alrededor, aturdido por un momento.
Vio como Resolución y Experiencia tenían la vista puesta en él. Adivinó a Rectitud frente a uno de los coches oficiales que había tras el Monstruo.
Sintió la presencia de una alta figura a sus espaldas.
Mientras Conciencia abrazaba sus hombros alejándolo del lugar, un último vistazo al cadáver de la joven Rebeldía se mezcló en su mente con las figuras insultadas y maltratadas de Esperanza e Ilusión.
Antes de que pudiese dar un solo paso, se desmayó.


Continuará...

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La aparición de Rebeldía: Parte VI (Sucia Ilusión)



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Rectitud cerró con un fuerte golpe las puertas principales del castillo.
Sin preguntarle nada en concreto, inició una marcha que Tylerskar, de nuevo abatido por cuanto el lugar emanaba, siguió sin más objetivo que el de encontrar a Rebeldía.
La zona por la que vagaban parecía más desolada de lo habitual. Coches aparcados sobre otros, como amontonados, en lo que parecía ser un vertedero, parecían anunciar el mal olor, más bien la nauseabunda peste, que iba a asaltarles en breve.
– Sé bien a quién quieres ver. No anda lejos. – Esas fueron las únicas y últimas palabras de Rectitud, que dio media vuelta y desapareció entre el cúmulo de automóviles abandonados.

Tylerskar miró al cielo y exhaló gran parte del aire de sus pulmones, quedando tras ello cabizbajo y pisoteando la nieve mezclada con barro de aquella zona.
¿Qué habría sido de Rebeldía?

¿Cuándo y de qué había sido él fundador?

Una cantinela llegó a sus oídos, a no demasiados metros de él. Era una voz dulce y joven, de niña, que además le resultaba del todo familiar.

Al preguntar por quién andaba ahí la canción se detuvo, y unos pasos cortos y acelerados le indicaron que, fuese quien fuese, estaba o bien en guardia o directamente asustada, pues se alejaron de su posición velozmente.

Tylerskar pasó un rato peinando la zona, y solo en fugaces instantes pareció atisbar un ajado vestido de color naranja gastado, tan sucio como el lugar en sí.
De pronto fue consciente de que le estaba guiando.
Se estaba adentrando, a juzgar por el caos, la basura y el hedor, en el núcleo de ese estercolero urbano.
Sus ojos se abrieron súbitamente de par en par.
La niña no era otra que Ilusión, que sucia y escuálida cantaba al oído del cuerpo tendido de Rebeldía.
Rápidamente se acercó para, horrorizado, descubrir al girar el cuerpo de su compañera un rostro golpeado y lleno de cicatrices.
No supo como reaccionar.
Se puso en pie, y dio pequeños pasos hacia atrás viendo en perspectiva como Ilusión, también en un estado lamentable y de cuclillas, mecía el cabello naranja y amarillo de Rebeldía, que mezclado con la sangre y el barro le daba una tonalidad parecida al vestido de la niña.


Quebrado el llanto,
Lejano el despertar,
El cuerpo duele y más lo hace el alma
Sueños Rotos gobierna este lugar

Despejado el camino a la nada
Recurrente y sucio malestar
Solo quedan recuerdos hirientes
Sueños Rotos, Sueños Rotos, Sueños Rotos…


La canción, cantada con dulzura por una rota voz de Ilusión, penetró en Tylerskar haciéndole reaccionar. Cayó de bruces, y con la vista clavada en una nieve que le quemaba al ser cogida a puñados, lanzó una pregunta al aire. – ¿Quién te enseñó esta canción?

Conocía perfectamente la respuesta. Tanto como que si Esperanza anduviese cerca bajo ningún concepto permitiría que Ilusión existiese en esas condiciones.


Un gemido quejumbroso salió de Rebeldía.
Luego uno mucho más sonoro.
Tylerskar corrió a su posición para a ayudar a enderezarla, pero solo consiguió llevarse algunos manotazos mientras trataba de comprobar que la chica no tuviese ningún hueso fracturado.
Rebeldía escupió sangre al suelo e inspiró de modo visiblemente doloroso por la nariz.
– ¡¿Qué ha pasado Rebeldía?! – La chica inspiraba y expiraba ruidosamente, arqueando los hombros con la vista clavada al frente, la mirada llena de odio.
– Si creen que me van a silenciar, lo llevan claro. – Pareció recuperar la compostura por momentos. – Acompáñame. Esto no ha terminado. – Tyleskar dio unos primeros pasos al lado de la chica, mientras a sus espaldas, una canción seguía sonando.


Recurrente y sucio malestar,
Sueños Rotos, Sueños Rotos, Sueños Rotos…


La aflicción hizo presa de él.
Ver a la pequeña Ilusión sola en esas condiciones era algo para lo que difícilmente nunca iba a estar preparado.
Mientras caminaban lejos del mal olor, la contaminación y los despojos, Tylerskar dedicó un último vistazo a la niña que daba saltitos entre coches, famélica y esquelética, con un vestido veraniego hecho trizas como prenda para un lugar gélido como era aquel maldito poblado… Del cual Conciencia le erigía fundador.

Rebeldía no parecía la misma.
Lejos de poner en tela de juicio la actitud que la había llevado a ser golpeada hasta deformar su rostro, su mirada denotaba firmeza y convicciones.
– Vamos a ver a una buena amiga. – Las palabras de la joven llegaron justo cuando Tylerskar ya iba a lanzarse a un reguero de preguntas que esa frase interrumpió.
En ese lugar, al parecer, nadie se comportaba del modo que solían comportarse. Todos estaban como… Poseídos. Nunca había conocido a Rebeldía y no podía opinar sobre la rudeza de su actitud, pero sí podía afirmar que tanto Resolución como Experiencia en sus roles dentro del Partido resultaban de lo más desubicados. Rectitud era quizá una versión más fidedigna de sí mismo, pero también se le hacía extraño verle volcado en la defensa de algo como Sueños Rotos.
En cuanto a Conciencia… Estar tan cerca de esa sombra no auguraba nada bueno para él ni para nadie.
¿Quién controlaba Sueños Rotos?
¿Qué era todo aquello antes de caer en esa cascada de desgracia?

– ¡Lejos de la taberna encontrarán también no solo consuelo! – Tylerskar salió de sus reflexiones al escuchar la lejana voz de una mujer. – ¡Sino valor! ¡Y lucha!
Encaramada encima de una tarima en una vieja caravana, Esperanza, cubierta con harapos que no le arrebataban sin embargo su antiguo porte y estilo, gritaba a una pequeña masa de gente.
Tras ella un buen número de bebidas se exponían a los posibles compradores.
– ¿Conoces a Esperanza? – Al preguntar eso a Rebeldía, la chica por fin sonrió desde que la conoció.
– Juntas hemos vivido ya mucho. – Su semblante se ensombreció. – Cada vez tiene menos sentido.



Durante los siguientes minutos Tylerskar comprobó como Esperanza se dedicaba a vender bebidas sin alcohol ante el abucheo de unas gentes entre las cuales, por descontado, no había oficial alguno del Partido.

La propia cara de Esperanza estaba también marcada por los golpes y las cicatrices.
No se extrañó de que los destinos de ella y la pequeña Ilusión hubiesen acabado por quebrar su unión en ese maldito lugar.


Continuará...



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lunes, 20 de febrero de 2017

La aparición de Rebeldía: Parte V (Sombra Encapuchada)




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Rectitud caminaba sumido en un silencio contraído en una boca que no dejaba traslucir ni enfado ni diversión. Tampoco tensión.

Parecía el de siempre, de no ser por ese uniforme con la simbología de Sueños Rotos ante la que Tylerskar llevaba toda la jornada desconcertado, y ya visiblemente molesto.


Al salir del furgón le habían separado de Rebeldía, y mientras la chica maldecía encapuchada mientras era conducida lejos, había sido Rectitud quien, con una simple seña de dedos, se había encargado de escoltar a Tylerskar por el interior de lo que parecía un castillo de añeja pero imponente construcción.
Ahora avanzaban por una de las alas, mientras ante la mirada dispersa de Tylerskar se sucedían estatuas de idéntica estatura que reflejaban a un hombre veinteañero, en buena forma física, que llenaban de vagos recuerdos su mente.

Finalmente llegaron al umbral de dos grandes portones negros, ante los que se detuvieron.
Rectitud llamó con firmeza y la contestación se hizo esperar.
Tylerskar escudriñó los ojos de su compañero, que ahora sí se posaron en los suyos dedicándole toda su atención. Salvo que no sacó nada en claro de ellos.
Una voz resonó desde el interior de la estancia que se adivinaba tras los portones.
– Adelante.

Rectitud abrió una de las puertas haciendo ademán de invitarle a pasar, pero en ningún momento de acompañarle al interior de lo que parecía un despacho.
En un primer vistazo desde el exterior adivinó una biblioteca mal cuidada y una chimenea apagada sepultada por una ingente cantidad de ceniza.
– Pasa, por favor. – La voz insistió.
Cuando Tylerskar dio el paso definitivo, la puerta se cerró tras él dejándole a solas con una figura encapuchada curvada sobre unos manuscritos en los que escribía con una pluma que depositó cerca de un tintero.
– Toma asiento. – No gesticulaba. Su voz era, más que autoritaria, sabedora de su verdadera posición en el organigrama de los acontecimientos.
– ¿Qué estáis haciéndole a la chica? – La pregunta no se hizo esperar. Tylerskar la articuló con cierta urgencia, con la respiración algo entrecortada para lo que deseaba en verdad ante esa figura desconocida.
– Tendrás muchas preguntas más importantes que esa. Toma asiento. – Cada vez parecía menos una invitación. En un instante fugaz algo fantasmagórico aconteció. Una sombra pareció recorrer el frío y gris despacho, tan rápido que costó seguirle la estela, para acabar zambulléndose en el interior de la chimenea apagada tras sacudir a su paso algunos de los libros llenos de polvo de la biblioteca.
Tylerskar, sintiendo un escalofrío, decidió plantar cara a esa reunión a la que Rectitud le había conducido.
Se resistía a dejar de fiarse de los suyos.

<< Y haces bien, fundador… >> 

¿Qué había sido eso?

La voz en su cabeza había sonado clara, intensa, real como las indicaciones del encapuchado.

Mantuvo, o al menos intento aparentar, toda la serenidad posible.
Cuando se hubo armado para lanzarse al tejido de la tela de araña que desenmarañase lo que fuese que allí reinase, su captor se le adelantó.
– Echa un vistazo a tu alrededor. Esto no siempre fue así. – La figura encapuchada llevó a cabo un arco con sus manos como abarcando todo el despacho. – La hoguera apagada representa el lamentable estado en que nos encontramos desde hace demasiado tiempo…
Tylerskar comenzó a recordar que esa voz le resultaba sumamente familiar, tan perforadora como profunda.
Prosiguió.
– ¿Tienes idea de lo que Sueños Rotos era antes de derivar en esta debacle? – Parecía que el encapuchado profesaba gran confianza en él.
<< ¿Lo sabes, fundador? >>

Tylerskar dio un brinco en un asiento, que se desplazó con un golpe seco medio palmo por el suelo de madera rasgada.

– ¿Cómo haces eso? – De repente cayó en la cuenta. Solo él. Tan solo él podía estar al mando de aquel sinsentido.
– Conciencia… – Lo dijo agachando la cabeza, más en un susurro íntimo que como algo inquisidor.
La voz de Conciencia adquirió ese tono que indicaba que iba a cortar el tejido de la resistencia, sin preocuparse por el dolor o el daño que fuese a infringir con sus palabras.
– Me han dicho que has conocido a Idealismo. Que has estado en la taberna de Sueños Rotos. – Pausó para inspirar. – Serás consciente pues de que aquí las cosas llevan tiempo bien regadas con alcohol y antiguos ideales que ya ninguna correspondencia albergan con el sentido de la realidad. – De nuevo una pausa, esta más larga. – ¿No te suena, chico?

Tylerskar tragó saliva.

– Como tu vida, como tu misma vida que permanece anclada, tras una gloriosa fundación en la que prometiste y juraste tocar el mismísimo cielo. Como en tu vida, es el barro en el que te has pisoteado a ti mismo lo que ahora nos atrapa en este poblado, víctimas de tu nefasta gestión, fundador.

De nuevo la sombra se paseó por el despacho, y Tylerskar tuvo que ladear la cabeza en la impresión de que iba a chocar contra él a toda velocidad.
<< ¡¡¡Fundador!!! >> Esa voz no era la de Conciencia. Esa voz le erizó el pelo pues no esperaba que incluso él estuviese presente en esa amalgama de su mundo interior.
Ese despacho le tenía atenazado.
El aura fantasmagórica del Monstruo que moraba en él, mezclada con la siempre punzante charla de Conciencia, le estaban distrayendo de su verdadera motivación.
– ¡Llévame hasta Rebeldía! – Golpeó la mesa, que casi cede al impacto, con la mirada encendida y escupiendo con rabia cada palabra.

– Ahora que nos has encontrado, no puedes dejar las cosas así… – Conciencia cogió con cuidado la pluma que había depositado cerca del tintero cuando Tylerskar entró en el despacho. Prosiguió con la escritura ahí donde lo había dejado. – Rectitud te acompañará a donde desees. El poblado ha olvidado al fundador, pero el partido nunca lo ha hecho y nunca lo hará.

Tylerskar se levantó de su asiento y, mientras se dirigía a los portones de salida, fue asaltado varias veces por los incisivos pensamientos de su Conciencia.

<< Esta conversación no ha terminado >>
<< Esta conversación no ha hecho más que comenzar >>
<< Bienvenido a las ruinas, fundador >>
<< Se bienvenido a lo que queda de la sombra de tu futuro >>

En cierto momento Tylerskar mostró sus colmillos al escapársele una mueca de sonrisa.

De entre todos los presentes en Sueños Rotos, el que menos había cambiado era Conciencia.


Continuará...

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domingo, 19 de febrero de 2017

La aparición de Rebeldía: Parte IV (El discurso)



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– ¿Cuántos de vosotros habéis lamido la lona?
La pregunta quedó en el aire, mientras el dedo índice de Idealismo permaneció alzado, con el silencio abriéndose paso en la taberna, hasta el punto de que incluso el tintineo de las copas y jarras parecía ganar en timidez.
– ¿Cuántos de vosotros os habéis revolcado en el barro?

Una segunda pregunta, con el dedo del joven en idéntica posición, al extremo de un brazo derecho tenso y enérgico.

Tylerskar, aún agarrado a la mano de Rebeldía, captó la luz que brillaba dentro del marrón oscuro que impregnaba la mirada del autor del discurso. Le resultó extrañamente familiar, tanto que experimentó una sensación de vacío, casi de hurto, en su interior.
– ¡¿Cuántos de vosotros habéis mordido el polvo?!

La tercera pregunta, ya a voz en grito, arrancó las primeras reacciones en la sala abarrotada.

Miró a su izquierda, por encima del colorido pelo de Rebeldía, hasta alcanzar con la vista la posición de Experiencia.
Se mostraba concentrado, casi meditabundo, y no parecía reaccionar como sí lo hacían aquellos que le rodeaban.
El discurso prosiguió, esta vez calmando el tono, manejando el tiempo.
– Vivimos en un mundo donde el sueño americano es algo que ha llegado a ser visto como algo negativo. Y por supuesto que lo es. La trampa capitalista, compañeros, hace las veces de trampolín a la gloria y de precipicio a los abismos. – Un murmullo respetuoso se fue extendiendo y adueñando del ambiente, y mientras Idealismo introducía aspectos ante los que tanto Rebeldía como Tylerskar poco tenían que escuchar la chica fue tensándose más y más.
– … Sin embargo el éxito es algo cuya estela hay que saber primero intuir para después perseguir. Finalmente la conquista…
Rebeldía escupió un poco de tabaco de mascar y bufó a punto de perder la paciencia.
– Se repite como un puto loro. – Sus palabras, al oído de Tylerskar, llevaban una carga de empatía que contrastaba con el baile que se había pegado con ese joven tan respetado en la sala. Tylerskar llevaba desde que había tomado consciencia en ese frío lugar estrechando lazos con la chica, y lo cierto es que verla bailar con Idealismo lo había descolocado un poco emocionalmente.
En cierto punto el discurso pegó un giro inesperado.
– … Los enfermos mentales también tenemos derecho a soñar.
Tylerskar abrió los ojos de par en par, incluso se giró para contemplar en una rápida y fugaz ráfaga visual como Experiencia por un lado y Resolución en la puerta del local le dedicaban atentas miradas acompañadas de un asentimiento de cabeza.
Idealismo proseguía, de nuevo cogiendo carrerilla y acumulando ímpetu.
– ¡A soñar no con pesadillas de ingresos y deshonor! – De nuevo había captado la atención de todos los presentes.
– ¡A soñar no con incomprensión y vidas guiadas de mísero significado! – Idealismo alzó su brazo derecho todo lo que pudo y gritó a pleno pulmón. – ¡Somos libres en nuestra existencia, compañeros, libres para decidir, con tiempo para actuar y un destino que alcanzar!
La sala entera alzó su brazo derecho a la bandera del Partido bajo la cual, en el montículo, un joven de camisa a cuadros azules sonreía sin que la felicidad se contagiase a una mirada encendida por la ira contenida y la sed de venganza.
Un codazo sacó del estupor a Tylerskar, que miró a Rebeldía.

– Ahora es cuando empiezas a aprender de mí.


Todo ocurrió muy rápido.
Mientras soldados y clientes volvían a sus bebidas y conversación habituales, Rebeldía agarró de un tirón una gran jarra de un hombre ebrio y la tiró, en una parábola certera, al montículo donde Idealismo tuvo que apartarse para que las cientos de astillas que el estallido generó no le alcanzasen.
En un momento había un nutrido grupo alrededor de Rebeldía increpándola, y mientras Tylerskar trataba a empujones de mantenerlos alejados de ella y buscaba con la mirada al maldito Comandante, un irreconocible Resolución, las puertas de la taberna se abrieron, en un sonoro golpe seco y contundente.
El silencio se hizo de nuevo.
El alboroto cesó.

Los pasos de unas botas hacían que el gentío se apartase allí por donde los misteriosos visitantes avanzaban, al parecer en dirección a Rebeldía y Tylerskar.

Ella estaba acuclillada en el suelo, y al parecer por las magulladuras en su cuerpo había comenzado a recibir algunas patadas. Cuando Tylerskar se agachó para ayudarla a incorporarse, dos figuras trajeadas de negro llegaron a ese punto de la taberna.

– Ahora sí que la has cagado. – Tylerskar reconoció la voz. Era uno de los hombres del furgón negro de esa misma mañana. – Pero bien.
La levantó asiéndola por el pelo provocando un gemido gutural en Rebeldía, y cuando Tylerskar fue a defenderla se encontró mirando frente a frente a… Esa coleta rubia. Ese rostro afilado. Esa mirada penetrante.
Rectitud era el segundo hombre trajeado.
Tylerskar se quedó boquiabierto, sin nada que decir, aunque no por falta de ideas. Su cabeza era un hervidero en busca de alguna explicación a todo cuanto estaba ocurriendo.
– Él va con ella. – La voz de Idealismo, que se había recuperado del impacto, habló en el silencio sepulcral para acusarle.
En unos instantes vio como colocaban un saco en la cabeza de Rebeldía, justo antes de que su propia visión quedase ahogada por idéntico tratamiento.
Luego sintió como le arrastraban fuera del local, la fría nieve cuando lo tiraron al suelo y lo arrastraron. Finalmente el interior del furgón, al ser proyectado dentro de él.

Mientras el furgón conducía, Tylerskar centró su atención en la figura de Idealismo. Se percató de lo manido que había encontrado su discurso Rebeldía, y lo mucho que sin embargo encendía los ánimos de los presentes con todas y cada una de sus estudiadas palabras.
Tenía que haber una explicación a todo aquello.
Aquellas gentes debían simbolizar algo. Algo lo suficientemente potente como para que la identidad de Experiencia y Resolución hubiesen sido subyugadas. Incluso Rectitud se encontraba al servicio de Sueños Rotos.

Debía seguir avanzando, aunque ahora la oscuridad se cerniese sobre el futuro de Rebeldía y, por lo tanto, su propio futuro. No dejaría a esa chica.

Fuese lo que fuese a lo que se resistía, fuese lo que fuese a lo que plantase cara, Tylerskar le encontraba mayor valor que a ese entramado político en cuya cima intuía algo sombrío.



Una figura encapuchada relampagueó en su mente.

Luego el furgón paró.



Continuará...

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